¿Y SI NOS VACUNAMOS? Por el Dr. Pablo Lindor Luna

En un diario de esta semana nos sorprende la noticia que cuenta que “luego de conocerse el caso de Jerome Kunkel, un joven de Kentucky que no quiso vacunarse y se enfermó de varicela, las autoridades de salud de Estados Unidos mostraron cifras alarmantes de un rebrote galopante de sarampión”.

Y continuaba así: El número total de casos superó los 800, lo que aumenta la cuenta de lo que ya es el mayor registro de casos en los Estados Unidos en 25 años. Hasta la semana pasada había un total de 839 casos reportados, la mayor cantidad desde 1994, cuando se registraron 963 casos en todo el año.

Cerca del 1,3 % de los niños menores de 2 años en Estados Unidos no están vacunados contra el sarampión, de acuerdo con cifras de las autoridades sanitarias.

El sarampión alguna vez fue común en Estados Unidos, pero gradualmente se convirtió en una enfermedad inusual luego de las campañas de vacunación que comenzaron en la década de 1960.-

Y relacionado con ello, podemos leer que Alemania amenaza con fuertes multas a los que no vacunen a sus hijos contra el sarampión

El título de la nota viene a cuento porque en el siglo XXI reaparecen noticias que figuran en las páginas de periódicos en el mundo y algunos frente a la circunstancia extraña, sentimos que debemos interpelarnos como sociedad frente a actitudes, sin duda libres, pero discutibles desde hace mucho tiempo en el campo social y particularmente sanitario.

El beneficio inmediato de la vacunación es la inmunidad individual, la cual brinda protección a largo plazo, y a veces de por vida, contra una enfermedad. Las vacunas recomendadas en el programa de inmunización para la edad preescolar protegen a los niños contra el sarampión, la varicela, las enfermedades neumocócicas y otros padecimientos. A medida que los niños crecen, otras vacunas adicionales los protegen contra enfermedades que afectan a adolescentes y adultos, o que pueden encontrar al viajar a otras regiones; por ejemplo, a ciertas partes de Sudamérica (tal el caso de Brasil) y África, que plantean como requisito, aplicarse la vacuna contra la fiebre amarilla, pues la enfermedad sigue siendo prevalente en algunas zonas de tales regiones.

Pero, el beneficio secundario de la vacunación es también, y trascendentalmente, la inmunidad colectiva, conocida también como inmunidad comunitaria.

La inmunidad colectiva se refiere a la protección que se ofrece a todas las personas que pertenecen a una comunidad, gracias a las altas tasas de vacunación. Cuando un número suficiente de personas se vacuna contra una enfermedad, es difícil que la enfermedad adquiera fuerza en la comunidad. Esto protege también a quienes no pueden recibir vacunas (como los recién nacidos y las personas con enfermedades crónicas), y reduce la posibilidad de un brote que pudiera exponerlos a la enfermedad. Cuando las tasas de vacunación en la comunidad caen por debajo del umbral de la inmunidad colectiva, pueden surgir brotes de enfermedades.

Y existen antecedentes probados en la historia, tal lo que sucedió en Inglaterra cuando disminuyeron las tasas de vacunación (triple vírica) de la MMR (sarampión, paperas y rubéola). A fines de la década de 1990, las tasas de vacunación contra MMR comenzaron a reducirse de más de un 90 a un 80%, o menos, es decir, muy por debajo del nivel requerido para la inmunidad colectiva contra el sarampión. Como respuesta, la cantidad de casos comenzó a aumentar; aunque solamente se confirmaron 56 casos en Gales e Inglaterra en 1998, se confirmaron 1,348 casos en 2008.

Una enfermedad cuya propagación había disminuido en el país hacía más de una década, fue endémica nuevamente.

¿¿Pero qué es una vacuna??

Una vacuna es una preparación destinada a generar inmunidad adquirida contra una enfermedad, estimulando la producción de anticuerpos.​ Normalmente una vacuna contiene un agente que se asemeja a un microorganismo causante de la enfermedad y a menudo se fabrica a partir de formas debilitadas, inactivadas o muertas del microbio, sus toxinas o una de sus proteínas de superficie.

El agente estimula el sistema inmunológico del organismo a reconocer al agente como una amenaza, destruirla y guardar un registro del mismo, de modo que el sistema inmune puede reconocer y destruir más fácilmente cualquiera de estos microorganismos que encuentre más adelante.

Las vacunas se usan con carácter profiláctico, es decir, para prevenir o aminorar los efectos de una futura infección por algún patógeno natural o “salvaje”.

No obstante lo señalado, durante décadas han persistido conceptos erróneos sobre las vacunas, debido a la poca compresión del funcionamiento de las mismas. Algunas de ellas podrían ser:

El concepto erróneo acerca del “sistema inmunológico sobrecargado”

Tal vez el concepto erróneo más común es que el sistema inmunológico de un niño puede “sobrecargarse” si recibe múltiples vacunas al mismo tiempo. Esta inquietud comenzó cuando el programa de vacunación infantil se expandió para incluir más vacunas, y cuando algunas de ellas se conjugaron en una sola aplicación. Sin embargo, los estudios han demostrado una y otra vez que las vacunas recomendadas no tienen más posibilidades de provocar efectos adversos cuando se aplican conjugadas que cuando se aplican por separado.

El concepto erróneo acerca de “las enfermedades desaparecidas”

Algunas personas suponen que como hay enfermedades que desaparecieron como es el caso de la poliomielitis, ya no es necesario vacunar a los niños contra ellas. Sin embargo, la polio existe todavía en algunas pocas partes del mundo, y sería fácil que infectara a las personas sin protección si ésta entrara a una región sin poliomielitis. Otro ejemplo es el sarampión, mencionado al inicio de este reporte.

El concepto erróneo acerca de que “se enferman más personas vacunadas que las no vacunadas”

Cuando surge el brote de una enfermedad que es poco común en cierta zona, las personas sin vacunar no son las únicas en riesgo. Como ninguna vacunación es 100% efectiva, algunas personas vacunadas también van a contraer la enfermedad. De hecho, durante un brote, puede ocurrir que la cantidad de personas vacunadas que se enferman supera al de las no vacunadas, pero esto no es porque las vacunas no sean eficaces, sino porque, en primer lugar, hay muy pocas personas que evitan la vacunación.

El concepto erróneo acerca de que “la higiene y una mejor nutrición son responsables de la reducción en las tasas de enfermedad, no las vacunaciones”

Las mejoras a la higiene y nutrición, entre otros factores, ciertamente puede reducir la incidencia de algunas enfermedades. Sin embargo, los datos que documentan la cantidad de casos de una enfermedad, antes y después de introducir una vacuna, demuestran que las vacunas son en gran parte responsables de las mayores disminuciones de las tasas de enfermedades. Quizá la mejor prueba de que las vacunas, y no la higiene y la nutrición, son responsables de la caída brusca en las tasas de enfermedad y muerte la constituye el caso de la varicela. Si la higiene y la nutrición por sí mismas fueran suficientes para prevenir enfermedades infecciosas, las tasas de varicela hubieran disminuido mucho antes de introducir la vacuna para esa enfermedad, cuya existencia no estuvo disponible hasta el año 1988 en Japón y Corea.

El concepto erróneo de que “la inmunidad natural es mejor que la inmunidad adquirida con la vacuna”

Algunas personas argumentan que la inmunidad adquirida por sobrevivir a una infección natural brinda mejor protección que la que brindan las vacunas. Si bien es cierto que la inmunidad natural perdura más tiempo, en algunos casos, que la inmunidad inducida por las vacunas, los riesgos de una infección natural sobrepasan los riesgos que provoca la inmunización en cada vacuna recomendada.

Por ejemplo, la infección por sarampión silvestre provoca encefalitis en una de cada 1,000 personas infectadas, y muerte a dos personas de cada 1,000 casos reportados. Sin embargo, la vacuna conjugada MMR (sarampión, paperas y rubéola) resulta en encefalitis o una reacción alérgica grave en sólo una de cada millón de personas vacunadas, y al mismo tiempo previene la infección por sarampión. Los beneficios de la inmunidad adquirida con la vacuna superan extraordinariamente los riesgos graves de la infección natural, aun en casos donde se requieren refuerzos para mantener la inmunidad.

En nuestro país, la ley 22.909 promulgada en setiembre de 1983, establece en su ARTICULO 1º – “La vacunación de los habitantes del país a efectos de su protección contra las enfermedades prevenibles por ese medio, se realizará en toda la República de acuerdo a las disposiciones de esta ley, que el Poder Ejecutivo reglamentará para todo el territorio de la República” y determina, más adelante, que las vacunas son gratuitas y obligatorias para todas las personas. Es una política pública que prioriza tanto el beneficio individual como el impacto social. Son gratuitas porque es responsabilidad del Estado asegurar su acceso en todo el país. Son obligatorias porque además de protegernos individualmente, la vacunación interrumpe la circulación de virus y bacterias, y así se benefician también aquellas personas que no pueden vacunarse.

Ahora bien, algunas personas tienen que vacunarse con orden médica porque presentan factores de riesgo.

¿Cuáles son las personas que presentan factores de riesgo?

¿Y SI NOS VACUNAMOS? Por el Dr. Pablo Lindor Luna